
Me siento observado. No sé desde donde, tal vez arriba. Mi vida la he pasado en una prisión invisible suspendida en medio de paisajes multicolores. Pero las barras han sido pintadas y ha oscurecido en todas partes, menos dentro de mi prisión. Mi prisión sin puerta, infinita hacia el cielo, chiquita para moverme. Miro la negrura y me pierdo en los recuerdos de tiempos mejores. Nostalgia infinita, mito primordial, no ha cambiado nada desde aquellas épocas remotas. Antes no veía la prisión en la que vivo, ahora si. Antes era llevado a todas partes sin que mi voluntad interviniera. Ahora estoy solo. Antes era feliz en mi ignorancia. Ahora mis conocimientos son mi tristeza y perdición. Hubiera querido ser ingenuo para siempre. No lo permití, era inevitable: quisiera o no, hubiera chocado contra las barras, las habría encontrado en mis cuatro costados, así como un cielo abierto sobre mi cabeza, pero no para mi. Para alguien que vigila mis movimientos. Dicta las leyes de mi mundo y le gusta. Si trato de romper las barras o de escapar, me castiga. No me tortura ni maltrata, no es medieval, es moderno. Me encierra. Paradoja, vivo encerrado. ¿Cuántas prisiones hay dentro de cada prisión? Me encierra. Si quiero caminar por aquí, me dice "por acá". Si mi pensamiento es curvo, lo endereza. Me alimenta bien y se encarga de mis necesidades. No me permite morir, así lo desee. Si me lastimo, cura mis heridas. Me educa... En fin; ¿seré libre algún día? Recuerdo el día en que el perro y el lobo se encontraron. El lobo moría de hambre y sufría heridas serias de batalla. El perro era fuerte, alimentado y alegre. El lobo le pregunto como vivía y el perro respondió "Tengo un amo que cuida de mí, se encarga de todo". "¿Tu amo me recibirá en su casa?", "Claro, es bueno, justo y compasivo. Sabe lo que es mejor para ti". "Preséntamelo, no puedo esperar a ser feliz", y el perro levanto la cabeza para ladrar a su amo y el lobo vio una mancha blanca que recorría su cuello. "¿Qué te paso?". "Es una correa que me pone mi amo para que no escape. Lo hace para protegerme. A veces me suelta, como hoy". El lobo lo comprendió y se fue. Ja, cuando escuche esa historia fue que el mundo perdió color y las barras aparecieron. Soy el perro. Y conocí al lobo del cuento. Mi amo me tiene aquí porque sabe qué es lo mejor para mi. Soy manso y tranquilo como una oveja, aunque tengo colmillos. Camino lento aunque mis patas son veloces. Me refugio bajo techo de la lluvia y nunca me mojo, aunque mi piel es gruesa y caliente. Tengo miedo de seres que no tienen ni la mitad de mis atributos salvajes. No muerdo, pero creo que debería. Y mi única felicidad esta en lamer los pies de mi amo, si fui nómada alguna vez, nunca mas, he echado raíces aunque no soy planta. No me importa si miro arriba y el vacío me devuelve la mirada, estoy solo. Las barras se cierran poco a poco sobre mí, hasta tomar la forma de mi cuerpo. Se incrustan en mí y para el goce de mi amo, mi carcelero, estoy seguro que no moriré. Tiene medicinas que me harían inmortal. Impotente. Cuerpo perfecto lleno de un alma muerta. Sed insaciable de marinero que vive de agua salada. Eso soy yo. Y no quiero compasión, terminaría en la prisión de otro. Quiero dormir, soñar que estoy afuera, soy libre. Pero una vez soñé que dormía afuera y soñaba que estaba adentro: ¿no hay limites para la prisión? Quiero morir. Tal vez en el sueño eterno nadie me vigile desde arriba. No me sentiré observado.
(Dibujo de Frank Miller)
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